Por Santiago Jiménez Londoño
Una muchacha de diecinueve años entra al aula un lunes de febrero. Lleva en el bolsillo un teléfono que puede escribirle el ensayo, resolverle la integral, traducirle a Heidegger al inglés y devolvérselo comentado. Se sienta. El profesor entra. Empieza una clase de tres horas sobre algo que, si lo medimos por la utilidad inmediata, ya está escrito, indexado y resumido en otra parte. ¿Qué hacemos ahí los dos, durante esa hora que ninguna máquina necesita? La pregunta no es retórica. De la respuesta depende si la Universidad, pública o privada, laica o confesional, grande o pequeña, sobrevive a esta década con algo que decir, o se vuelve un trámite que el mercado disimula mejor.
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